publicado originalmente en Agenda Pública / El País. 6.2.2020.

“Quisiera poder decir que los alemanes aprendimos la lección de la historia. Pero no puedo.” La frase le pertenece al Presidente Federal de Alemania, Frank-Walter Steinmeier. La pronunció el 27 de enero en la conmemoración de los 75. años de la liberación de Auschwitz. Lo que no sabía Steinmeier era que apenas diez días más tarde su frase iba a cobrar aún mayor sentido. No sabía que en Alemania, y contra todo pronóstico, la ultraderecha tendría la chance de dar el golpe. De romper un tabú inquebrantable desde el fin de la segunda guerra mundial. Por primera vez, el jefe de un gobierno regional fue nombrado mediante la cooperación de la ultraderecha y otros partidos políticos. Los liberales del FDP y los democristianos de la CDU decidieron romper con un consenso de décadas.

La frágil CDU

La elección del candidato del FDP Thomas Kemmerich como nuevo Ministerpräsident de Thüringen es el epicentro de un terremoto político en Alemania. Con ello la ultraderecha de Alternative für Deutschland (AfD) consigue un triunfo simbólico enorme. Por un lado, porque consigue ser reconocida, incorporada al mundo político. Es decir, AfD ahora puede decir: “pusimos al nuevo gobierno, tenemos influencia y peso político, no estamos fuera del sistema”. Y por otro lado, la victoria es aún más sabrosa para los ultraderechistas porque precipita una ruptura interna en sus enemigos, los partidos tradicionales. La grieta se hizo visible, especialmente en la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Allí también algo se ha roto.

Alrededor de las 16:30 el secretario general del partido de Angela Merkel, Paul Ziemiak, no anduvo con vueltas: “La CDU de Alemania siempre ha dicho que no colabora con AfD. Hacerlo contradice los valores democristianos básicos. La CDU de Thüringen ha votado con nazis como Höcke y AfD. Lo mejor serían nuevas elecciones.” Las declaraciones de Ziemiak son contundentes. En la misma frecuencia se expresaron otros líderes de la centroderecha como Annegret Kramp-Karrebauer, jefa de la CDU, y Markus Söder, presidente de la Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera. La cúpula del partido de la canciller Merkel rechaza la actuación de sus colegas en Thüringen. Ella misma lo calificó de “imperdonable”. Pero ¿se trata de un pensamiento generalizado?

Ciertos sectores de la CDU, los más conservadores, aquellos que se enfrentan a la canciller desde el 2015 cuando la llegada de cerca de un millón de refugiados puso en duda su liderazgo, no piensan igual. Algunos lo hacen en las sombras, otros los manifiestan en público, incluso abogando por una cooperación “netamente conservadora” que abra las puertas a AfD[1]. Piensan que la merma electoral de su partido puede revertirse si radicalizan su discurso, si toman los temas de la ultraderecha, si se parecen a aquellos que, como dice Ziemiak, se aleja de sus propios valores.

La bajeza de los liberales

No esta claro si se trató de un pacto entre liberales, democristianos y ultraderechistas o si en realidad fue una trampa tendida por los últimos. En otras palabras, no se sabe prefirieron acordar con Björn Höcke, representante del ala más radical de AfD, para quitar a la izquierda del medio y quedarse con el gobierno a toda costa, o bien, si son muy tontos.

Los liberales se defienden diciendo que no pueden culparles por haber sido apoyados por los ultraderechistas. También dicen representar la única opción de centro frente a los extremos de izquierda y derecha. Una afirmación poco robusta si la base de su posición es el voto de la derecha radical.

Pero más allá de los marcos conceptuales para justificar su jugada y arrebatarle el gobierno a la izquierda de Bodo Ramelow (die Linke), el FDP también rompe con la lógica democrática de la voluntad popular. Es decir, en las últimas elecciones de octubre pasado obtuvieron 55.493 votos. Es decir, el 5,01% de los sufragios. Una décima por encima de mínimo necesario para tener representación parlamentaria. Con ello, el partido que dirigirá el próximo gobierno de Thüringen tiene el apoyo de apenas 5 de cada 100 ciudadanas y ciudadanos. Una situación que si bien no rompe las reglas, deja ciertos resabios de injusticia y de desprecio por la voluntad popular.

Altos costos

La convocatoria a nuevas elecciones parece ser el sentimiento generalizado. En los medios las editoriales son implacables. En algunas ciudades hubo manifestaciones espontáneas de rechazo. Se habla de “vergüenza” y hasta de “fin de la decencia”. Por su parte, el FDP permanecía inmutable, casi sorprendido por la fuerte reacción. En principio había llamado a democristianos, socialdemócratas y verdes para negociar una coalición. Los dos últimos manifestaron no estar dispuestos. Con ello el bloqueo era inminente. La renuncia de Kemmerich apenas 24hs después de su elección conduce a nuevos comicios.

El accionar del FDP y de la CDU tendrá consecuencias frente a la opinión pública. Con el tabú han roto la confianza de una sociedad que no ha olvidado el horror de la dictadura nacionalsocialista. Es cierto que AfD tiene un caudal de votos muy importante, especialmente en el Este del país (cerca del 25%), pero también es cierto que la inmensa mayoría de los alemanes no está dispuesto a que algo así vuelva a ocurrir.

Es muy posible que una repetición de las elecciones signifique un castigo para ambos partidos. Mucho más fuerte para el FDP que seguramente pierda su lugar en el parlamento regional al caer por debajo del 5%. Es decir, al fin y al cabo, parecerá que todo esto ha sido en vano, como si nada hubiese pasado. Lamentablemente esto no es así. Porque todos saben que hoy algo se ha roto en Alemania.


[1] https://www.tagesspiegel.de/politik/afd-ist-eine-konservative-partei-cdu-fraktionsvize-heym-wirbt-fuer-buendnis-mit-afd-und-fdp/25180234.html

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Imagen de portada: Modificación a partir del la foto de Sharon McCutcheon on Unsplash.

Categories: Análisis

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