¿Esquizofrenia verde?

El partido verde alemán tiene un problema grave de identidad. Fukushima los destruyó. La tragedia en Japón prometía ser el trampolín que convertiría a los verdes en partido mayoritario. Sucedió exactamente lo contrario. Fukushima demostraba que los ecologistas no exageraban, que las centrales atómicas son un peligro latente y que la cuestión nuclear no era mera necesidad postmaterialista de ciudadanos sin problemas. En resumen: ¡Los verdes tenían razón! Todos se dieron cuenta. Hasta la canciller, para desgracia de los verdes. Merkel vió la ventana de oportunidad y se lanzó sin dudar: Apagón progresivo y adiós a la energia nuclear.

Los verdes lo festejaron como una victoria propia. El árbol les tapó el bosque y la algarabía les ocultó una triste realidad: Merkel les había robado. Les arrebató el tema más importante de su agenda. El tema que los hizo nacer como movimiento primero y como partido después. El tema sobre el cual se construyó una fuerza política que incluso llegó a gobernar Alemania durante siete años.

Así fue como los verdes se quedaron sin misión. Y la falta de misión los llevó a perder su visión. Ahora llegó el tiempo de la redefinición. Un tiempo que todo partido político debe sobrellevar en algún momento de su historia. Se trata de una situación límite. De un juego de suma cero. O bien encuentra su razón de ser, su nueva visión, su objetivo de largo plazo; o bien muere en el intento y agoniza unos años hasta desaparecer.

La pregunta que debe responder un partido político que llega a este momento crucial es simple: ¿Por qué los ciudadanos deben votarle? De su respuesta se deriva todo el andamiaje comunicacional: los mensajes, los grupos objetivo, los canales, los perfiles de los candidatos, etcétera. La respuesta a esa pregunta es lo que está buscando desesperadamente el partido verde desde Fukushima. Desde las regionales berlinesas de septiembre de 2011 que parecían ganadas y terminaron tristemente con un pálido tercer lugar.

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Este proceso deja en evidencia las diferencias históricas entre los dirigentes verdes. Las facciones se enfrentan hoy con la agresividad de antaño. Intransigentes contra pactistas, fundis contra realos, consecuentes contra pragmáticos. En otras palabras, dos concepciones enfrentadas de lo que debería representar el partido verde.

La consecuencia de esta disputa sin ganador a la vista es un escenario que transmite desconcierto. Las contradicciones se potencian. Ya no queda claro, por ejemplo, si los verdes apoyan una política de refugiados abierta y solidaria, como se ve en el banner gigante que cuelga en el frente de la central partidaria de Berlin; o si por el contrario promueven una propuesta más conservadora, encarnada por el alcalde de Tübingen, Boris Palmer, quien recientemente publicó su libro “No podemos ayudar a todos”. ¿Cuál es el mensaje verde?

El actual es el peor escenario para encarar una elección federal. Es muy difícil que el partido verde sea capaz de hacer un buen papel. Las encuestas indican los peores valores mucho tiempo. Los resultados en las últimas regionales empeoraron los valores de elecciones previas. El partido verde debe tomar una decisión. Y lo debe hacer pronto. Lo bueno es que solo tiene dos caminos.

Un camino apunta a afirmar la única veta exitosa que ha mostrado el partido verde en los últimos diez años. Se trata de la línea que lidera Winfried Kretschmann, el gobernador de Baden-Württemberg desde 2011 con una reelección a cuestas. Kretschmann se ha destacado por dejar de lado el dogmatismo y abrirse a otras preocupaciones de sus votantes. Una actitud que en general encuentra respuesta entre los conservadores. La receta de este gobernador fue ofrecer un discurso renovado con pinceladas verdes, pero sin salir de lo que todos quieren en el poderoso sur alemán: el fortalecimiento de la economía. Boris Palmer sigue esa línea y utiliza el issue de los refugiados como vector movilizante del votante conservador en su distrito.

Este grupo ha logrado los mejores resultados electorales. Sin embargo, para muchos verdes de Berlin, no son más que oportunistas. Para los verdes “puros” gente como Palmer o Kretschmann solo han ganado a costa de entregar sus principios. Algunos aseguran preferir 10 puntos porcentuales menos antes de entregar las banderas. Este es el segundo camino que puede elegir el partido verde. Una opción que les asegura la lealtad de los más cercanos, de los convencidos, de los verdes de toda la vida. Aunque también los pone frente al peligro de tener que pelear por no caer por debajo del cinco por ciento. Muchos votantes verdes no tienen ganas del dogmatismo que emana de los fundis de Berlin. Nadie quiere un veggie-day. 

Y aunque parezca una evaluación lapidaria, los datos la sostienen. Hemos visto en 2016 en Berlin que los verdes han logrado buenos resultados en los distritos más adinerados e incluso en aquellos históricamente dominados por los conservadores. El ejemplo de Baden-Württemberg también refuerza esta hipótesis.

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Lo que sí está claro es que los verdes deben abandonar esta esquizofrenia si quieren reencontrar el rumbo. Deben decidir si vale la pena aceptar un nuevo público conformado por conservadores jóvenes que buscan alternativas a la anticuada Unión Demócrata Cristiana (CDU) pero que no están dispuestos a cambiar radicalmente su forma de vida. Ello implica una renovación fuerte y un cambio de paradigma. O por el contrario, deben aferrarse al perfil más opositor y confiar en no perder el núcleo duro del viejo voto verde: rebelde, crítico, inconformista. Quedarse a mitad de camino los condena a la intranscendencia política.

 

Fuente de imágenes:
Portada del audiolibro de Palmer: Fan-Page Boris Palmer.
Foto de la fachada del edificio de los verdes: Fan-Page Bündnis90/die Grünen.
Imagen de portada: Anti-Atom-Menschenkette 2011 (AKW Neckarwestheim bis Stuttgart). por Bündnis 90/Die Grünen (CC BY 2.0), via flickr.

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