Cuando me invitan hablar sobre la nueva ultraderecha alemana, normalmente hacia el final de la discusión surge la siguiente pregunta: ¿Qué ha cambiado desde que existe AfD y hasta dónde pueden llegar? En realidad son dos preguntas pero su respuesta está relacionada. Está claro que AfD ha llegado para cambiar el espectro político alemán. Desde el punto de vista parlamentario, al romper con el “equilibrio” de los cinco partidos, y también desde el punto de vista discursivo. Este último, tal como escribimos en Factor AfD, ha sufrido fuerte cambios que repercuten en toda la sociedad. Los límites de lo politicamente correcto se han movido y los ultraderechistas han aprendido a jugar con esos tabúes para obtener réditos políticos y electorales.

Ahora bien, este impacto de AfD en el nivel discursivo tiene también una fuerte repercusión en la configuración del sistema de medios. En los últimos años han surgido un conjunto de publicaciones que comparten y difunden las ideas de los ultraderechistas. No son necesariamente órganos de propaganda del partido, aunque existen indicios de las estrechas relaciones con algunos de ellos, sino que se ocupan de retomar temas y debates propiciados por los líderes de AfD en sus intervenciones públicas. Los temas más conocidos los hemos tratado aquí más de una vez: refugiados, inmigración, Islam, etc. Sin embargo, existen otros issues que movilizan a los simpatizantes de los ultraderechistas y que comienzan a delinear una suerte de reacción contracultural.

La reacción contracultural se inscribe en la crítica directa hacia consensos sociales amplios como así tambien hacia determinadas costumbres o pautas de comportamiento que desafían posiciones conservadoras, las cuales en los últimas décadas habían perdido fuerza. La lista de temas es larga y muy variada: igualdad de género, sexualidad, veganismo, consumo de alimentos no modificados genéticamente, cambio climático y demás cuestiones.

El consenso social respecto a este conjunto de temas ha sido puesto en tela de juicio por los ultraderechistas. Por ejemplo, el veganismo es considerado relacionado a actitudes autoritarias que intentan dictar qué está bien comer y qué no. Similar crítica cosechan los defensores del cambio climático, quiénes son acusados de agitar el pánico con una teoría fundamentada en la tiranía de la ciencia.

Para un partido que se alimenta del descontento como AfD, se trata de un baúl de herramientas que le permite estar siempre en el centro del debate y a la vez le ayuda a incorporar y mantener cerca a aquellos conservadores descontentos que quieren expresar su enojo. La provocación estrategica que describíamos en Factor AfD se ha vuelto un elemento vital para la nueva ultraderecha alemana.

Un ejemplo claro de este discurso en los medios de comunicación afines a AfD es la revista mensual Tichys Einblick. En ella es posible leer artículos cuyo objetivo principal es deslegitimar aquellas posiciones o posturas contrarias al posicionamiento conservador y a la vez aportar argumentarios que, sin necesidad de estar respaldados por evidencia concreta, permitan reconstruir una historia coherente y verosímil. Cabe destacar que nuestra mente está siempre ávida de ese tipo de historias. No importa si son ciertas, importa que aporten una respuesta alternativa y coherente que fortalezca creencias o prejuicios.

tichys einblick

Portada de Tichys Enblick del mes de junio de 2018. La revista se puede adquirir aquí.

En su último número el titular es “La mentira del diesel. ¡El conductor siempre es el tonto!”. El centro de este debate tiene que ver con el escándalo desatado el año pasado en la industria automotriz cuando se descubrió que las grandes fábricas había perpretado un fraude en relación a las emisiones de gases que producían sus vehículos. En otras palabras, los autos estaban contaminando mucho más de lo que sus fabricantes aducían. La política, presionada fuertemente por el lobby automotor, reaccionó con una medida que indignó a muchos alemanes: las automotrices cometieron un error pero no estarían obligadas a reemplazar o reparar el automóvil. Al mismo tiempo se conocieron los enormes sueldos y bonos de los ejecutivos que presuntamente conocían el fraude de las emisiones de gas. Indignación al por mayor.

La portada en consecuencia hace hincapié en esa indignación, al igual que lo hace AfD. Se apoya en el discurso de la antipolítica y aprovecha para empatizar con lectores afectados por el affaire. Sin embargo, el Frame propuesto tiene poco que ver con el fraude de las automotrices en sí mismo. La historia del “conductor que siempre es el tonto” va más allá del escándalo actual. Se enmarca en un debate algo más antiguo. El diésel no siempre fue sinónimo de contaminación, por el contrario, hace algunos años se recomendaba la adquisición de vehículos diésel ya que ese combustible emitía menos CO2 que la nafta o gasolina tradicional. Luego se comprobó que el daño del diésel era aún mayor en otros aspectos.

Estas idas y vueltas presentan al “conductor” como un tonto, una pobre víctima de la política, las organizaciones medioambientales y las automotrices. Se trata de un encuadre que define a esos actores como defensores de intereses que son ajenos al sufrimiento del conductor o “ciudadano común”. Conclusión: Son ellos contra nosotros, no le importamos a nadie, somos los tontos.

La ultraderecha de AfD es consciente de las ventajas de poner a rodar ese tipo de frames para legitimar su discurso político. Su crecimiento va más allá de la indignación aislada de algunos votantes. Por el contrario, AfD se alimenta de los huecos que los otros partidos son incapaces de rellenar. La comunicación política de AfD ha llegado a un grado de sofisticación tal que debo tomarme un respiro antes de responder a la segunda parte de aquella pregunta inicial ¿Qué ha cambiado desde que existe AfD y hasta dónde pueden llegar? Pueden llegar todavía más lejos.