La ultraderecha mantiene una constante a lo largo de los años: La habilidad para movilizar a los abstencionistas. En cada elección regional, federal y europea que tuvo lugar desde 2013, el electorado de Alternative für Deutschland (AfD) se ha alimentado mayoritariamente de aquellos que preferían quedarse en casa. Por indignación, por desencanto, por simple apatía vastos sectores de los votantes en el Este de Alemania, no iban a votar. Sin embargo, un día llegó AfD.

A fines de octubre de 2019 se celebran las elecciones regionales de Thüringen.

Con su discurso reivindicativo de los „valores del Este“, la apelación al concepto de Patria, o Heimat, y la intención de definir „la identidad“ de los alemanes, debate olvidado (o reprimido) tras la segunda guerra mundial, los ultraderechistas lograron despertar el interés de los abstencionistas.

Los casos de Sachsen y Brandenburg ilustran claramente esta situación. Más de un tercio de su electorado se compone de exabstencionistas. Aquellos que los partidos tradicionales, pese al aumento de la participación electoral, no supieron movilizar. El dato está incluso por encima de los valores de las federales de 2017, cuando un 25% del electorado de AfD provenía del abstencionismo.

En la región de Sachsen en particular, donde la ultraderecha obtuvo más del 27% de los votos, el número de no-votantes movilizados superó las 250.000 personas. Algo impensable hace apenas unos años. Algo que posiblemente sea un interrogante en la cabeza del resto de los dirigentes partidarios. O al menos, debería serlo.

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