Las últimas elecciones regionales en Alemania han confirmado una tendencia: los votantes le dan la espalda a los partidos mayoritarios. Tanto la Unión Demócrata Cristiana (CDU) como la socialdemocracia (SPD), sufren pérdidas que superan los 10 puntos porcentuales en cada comicio. Las encuestas reflejan claramente este derrumbe:

La contracara de esta debacle tiene dos dimensiones. Por un lado, la fragmentación del sistema de partidos, que dificulta la construcción de mayorías, y por consiguiente la formación de gobiernos. Y por otro, el crecimiento de otras opciones políticas. El partido verde y los ultraderechistas de AfD son beneficiarios netos de esta situación.

¿Se trata de un reemplazo de los viejos partidos que han erosionado sus perfiles ideológicos tras lustros de grandes coaliciones? ¿O estamos ante una reacción social cuyo fin es «despertar» a los gigantes dormidos? Tal vez no exista respuesta concluyente para estos interrogantes. Al menos por ahora. O tal vez se trate de una encrucijada histórica para Alemania. El caso de las elecciones de Hessen nos puede ayudar a comprender un poco mejor las causas del trasvase, del derrumbe de los mayoritarios y de la primavera verde y ultraderechista.

Se trata de valores, estúpido

Las regionales de Hessen han sido unos comicios signados por el andar de la gran coalición en Berlin. Es decir, no sólo se votaba un nuevo parlamento regional, también se estaba expresando un malestar con la alianza entre Merkel, los conservadores bávaros y los socialdemócratas. Un malestar que se había manifestado con igual potencia dos semanas antes en Baviera y en las federales de septiembre de 2017. El golpe para los mayoritarios fue enorme. El mensaje parece bastante claro: para gran parte de los alemanes la interminable gran coalición se ha convertido en sinónimo de pasividad, de burocratización de la política, de inexistencia de proyectos, de falta de respuestas a los problemas actuales. Esta desafección no tiene que ver con necesidades económicas insatisfechas. Es una cuestión más profunda.

Un partido mayoritario debería estar en condiciones de responder rápidamente a la pregunta: ¿Qué valores representa? Tanto el SPD como la CDU lo han hecho durante mucho tiempo. Esto ha colaborado con la toma de decisiones políticas de muchos electores durante décadas. La situación ha cambiado en los últimos años. Tres grandes coaliciones, es decir tres alianzas entre los mayoritarios, en menos de dos décadas es demasiado. Los perfiles de ambos partidos se han visto erosionados. La exitosa estrategia de crecimiento hacia el centro de Merkel, sumada a la inoperancia y la conformidad de los socialdemócratas, ha borrado las diferencias entre la CDU y el SPD. Al menos ante los ojos de la opinión pública. Esta encuesta es contundente:

Uno de cada dos no sabe lo que representa la CDU y dos de cada tres no conoce lo que defiende el SPD. Esto no es (sólo) un problema de comunicación. Se trata de un problema político. Y sus consecuencias están a la vista: desafección, desilusión, búsqueda de nuevas respuestas.

Las tres claves de la ola verde

La revolución verde ya ha sido objeto de varios post en este blog (aquí, aquí y aquí). Los verdes han logrado coordinar tres elementos clave en su oferta política. Y lo han hecho en el marco de una campaña electoral. Mejor, imposible. Primero han conseguido articular un discurso que mira hacia las cuestiones del futuro. Una agenda postmaterialista que se dirige a aquel sector de la sociedad que reclama mejor calidad de vida, pero a la vez definiciones claras respecto a temas importantes. Al clásico listado de reivindicaciones progresistas, como por ejemplo la igualdad de género, le agregan su visión sobre el calentamiento global. No se trata de un simple compendio de propuestas, se trata de una idea sobre cómo debería ser un mundo mejor.

Ningún partido mayoritario presenta hoy una idea clara sobre los valores que defiende. La CDU, seguida de la CSU de Baviera, oscila entre la moderación de Merkel y la derechización del discurso de su ala más dura. Mientras tanto los líderes socialdemócratas siguen obstinados en demostrar que las emociones y los valores no importan. Para ellos solo sirven los hechos, las leyes, los anuncios. ¿Contar una historia, desarrollar una narrativa, apelar a las emociones? Olvídalo, nada de eso moviliza a la gente. Eso es lo que creen en la cúpula del SPD. Un pensamiento que los ha dejado en el 14% de intención de voto y bajando.

La falta de claridad de los mayoritarios realza la propuesta verde. Y ese es el segundo elemento clave de la oferta política verde: un discurso claro que permite la identificación, que refleje determinadas convicciones, que motive y movilice. Al menos a aquel grupo que abraza la agenda postmaterialista y que necesita una mirada sobre lo que vendrá. Estas gráficas ilustran esta cuestión:

El tercer componente de la oferta política que vehiculiza la revolución verde es contextual. Los verdes han sabido aprovechar dos debates con rango prioritario en la agenda pública actual. El primero es la sequía del verano que generó una fuerte conexión con la cuestión del cambio climático. Nadie ha podido dejar de relacionar ambos conceptos y con ello se ha reforzado la necesidad de generar políticas al respecto. Los verdes, casi por el mero hecho de llamarse así, son ganadores netos. El segundo issue es el escándalo por los autos diesel y el fraude de las automotrices alemanas. La actitud condescendiente de la gran coalición con las empresas generaron la imagen de un gobierno que le da la espalda a la gente. No sólo por ignorar la estafa sino por demostrar nulo interés por el medio ambiente. Ese último punto es puro rédito político para el partido verde.

Descontento y desilusión. La fórmula ultraderechista

La gran coalición no tiene un sólo frente de batalla. También sufren sobre el flanco derecho con Alternative für Deutschland (AfD). En realidad este es un frente más antiguo que viene creciendo desde hace varios años. La consolidación de los ultraderechistas de AfD en el sistema político alemán le debe mucho al accionar de la gran coalición. O tal vez a su inacción. Tanto democristianos como socialdemócratas han ignorado un cierto descontento en parte de la población que, hasta la aparición de AfD, no tenía expresión política clara. La fuente de dicho malestar es de lo más diversa. Miedo, odio, frustración, decepción. En el libro Factor AfD se explican en profundidad. Los ultraderechistas son especialistas en capitalizar el descontento. En su caudal electoral la gran mayoría confiesa haberlos votado por desilusión con los partidos tradicionales que por convicción.

Los ultraderechistas se han instaurado como una respuesta para aquellos que quieren protestar contra la gran coalición, contra la izquierda que hace poco por los marginados y contra la derecha que no hace nada contra los refugiados. Han conseguido instalar un frame muy potente que ofrece una respuesta alternativa a la cuestión social de la distribución. Según el discurso ultraderechista, el problema no es entre ricos y pobres, sino entre alemanes y extranjeros. O lo que es lo mismo: entre pobres y pobres. No es la concentración de la riqueza, es la invasión de Alemania. No es casual entonces que un cuarto del electorado trabajador se incline por AfD.

El hecho de que para los votantes de Hessen la política de refugiados sea valorada como el segundo problema más importante de la región también ha colaborado con el enorme crecimiento de los ultraderechistas (+9 puntos porcentuales). AfD posee el discurso más claro al respecto y ha realizado un trabajo comunicacional muy eficiente instalando en vastos sectores de la población el frame de la amenaza latente. La capacidad de AfD para empujar los límites de lo políticamente correcto ha permitido que se pueda discutir sobre refugiados o inmigrantes como un problema y no como personas. Esa deshumanización permite que la evaluación de su situación sea mucho menos comprometida, que genere menos contradicciones y que por ello promueva las soluciones más facilistas.

Tras tantos años de estabilidad, Alemania se enfrenta a un fuerte reordenamiento de su sistema de partidos. Si el crecimiento de verdes y ultraderechistas es sólo una señal de alarma o si en realidad es una tendencia irreversible es la pregunta del millón. La respuesta podría definirse en el mediano plazo ya que los desafíos inmediatos definirán el rumbo político del país: El final de la era Merkel y la guerra de sucesión que sobrevendrá, la interminable interna socialdemócrata y su débil liderazgo, la aparición de otras variables intervinientes como el clima, los refugiados, la economía o Europa. Ya nada será igual en Alemania.

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